Existen muchas razones para irse de Twitter (y también otras para quedarse)

Escrito por el 10 mayo, 2021

En los últimos tiempos se ha visto a figuras locales e internacionales despedirse de la red social a la que consideran hostil, antipática y tan democrática como virulenta

Sábado 1º de mayo de 2021. El presidente de la República Luis Lacalle Pou anuncia la destitución del ministro Pablo Bartol e informa que el jerarca será sustituido por el diputado Martín Lema. El anuncio se hace por medio de Twitter, la plataforma de microblogging con 350 millones de usuarios activos en el mundo (Facebook tiene 2.500 millones, mientras que Instagram convoca a mil millones). Minutos más tarde, Lema agradece la confianza en él depositada para el cargo. También desde Twitter. Poco después Bartol se despide agradeciendo al presidente y a los funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Desde Twitter. A continuación, se suman comentarios provenientes de distintos frentes, tanto desde representantes de la coalición de gobierno como de figuras de la oposición. Sí: desde Twitter. Y el mismo día, y también al día siguiente, los medios tradicionales informan del asunto citando estos tuits, y otros tantos más, destacados por encima de decenas de otros mensajes de usuarios de la plataforma que no pertenecen a la clase política.

Twitter se parece a una maratón, donde profesionales y amateurs comparten pista, sin distinciones (y al final casi todos llegan a la meta). Es una dinámica que genera una curiosa ilusión de horizontalidad: en teoría al menos, cualquier ciudadano con una cuenta puede interactuar con el ministro de Salud Pública Daniel Salinas (@DrDanielSalinas), quien últimamente tiene una actividad tuitera considerablemente intensa, como con el presidente de Uruguay (@LuisLacallePou) o el de Estados Unidos (@POTUS). Cualquiera puede comentarle algo al papa Francisco (@Pontifex), a Lady Gaga (@ladygaga), a Barack Obama (@barackobama) o a Luis Suárez (@LuisSuarez9). Hasta hace un tiempo podía incluso interactuar con Donald Trump, que no paraba de tuitear, y cuya cuenta @realdonaldtrump fue (polémicamente) suspendida por incumplir las reglas de la plataforma.
Suele decirse que, mientras en Facebook se habla con la familia y los amigos, en Twitter se habla con el mundo. Y en parte también es verdad. Y también, incluso por eso mismo, puede generar emociones encontradas: frustración, euforia, ansiedad, angustia, enojo, estrés. Y entonces algunas personas deciden largarse de ahí. Porque a veces se le habla al mundo y el mundo no responde. Y otras, el mundo responde mostrando novedosos niveles de agresividad. Esa es una de las razones por las que algunas personas, como en las maratones, deciden abandonar la pista.

El pianista y escritor de origen británico James Rhodes abandonó y suprimió su cuenta en la red social a principios de 2021. «He dejado Twitter (como muchos de vosotros habéis sugerido)», explicó desde su cuenta de Instagram. «Las cosas parecen un poco más amigables aquí». Rhodes, residente en Madrid desde 2017, obtuvo la ciudadanía española el año pasado, en una acción que fue duramente criticada, señalada como un acto de amiguismo por su cercanía con Pedro Sánchez, presidente del gobierno español. En una entrevista con El País Semanal, el pianista reconoció que antes veía a esta red como «un mal necesario», pero con el tiempo cambió de opinión. «Es, simplemente, un mal. Un pozo negro plagado de lo que los ingleses llaman pedos cerebrales y los españoles pajas mentales, sin filtros ni censuras. Nos muestra lo peor de la humanidad y también lo saca a flote. Es una experiencia agotadora, deshumanizante y deprimente».

Más cerca en el tiempo, Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, anunció su alejamiento «con carácter indefinido» de esta red social, precisamente por percibir un fuerte clima de violencia en esta plataforma. El actor estadounidense Alec Baldwin se despidió de Twitter asegurando que es el lugar al que van «todos los imbéciles». Y estableció una analogía bastante ilustrativa: «Es como una fiesta donde todo el mundo está gritando». Todo empezó por una cascada de tuits ofensivos hacia su esposa, acusada de haber mentido sobre su nacionalidad.

Otros han optado por suspender sus cuentas y reactivarlas más tarde con un perfil más bajo. O, como lo hizo Ashton Kutcher (@aplusk), la dejan en manos de especialistas en redes. Hay quienes no tienen cuenta con su nombre verdadero y abren una falsa para estar al tanto de lo que se dice de ellos. Otra gente simplemente se aburre y se va.

Una red antipática. En la frondosidad de tuits los navegantes avanzan a los tumbos entre cuentas oficiales de celebridades y de figuras del mundo del deporte, cuentas dedicadas a la divulgación de las artes y las ciencias, cuentas de instituciones, de gobiernos, de empresas, de medios de comunicación, de periodistas, de productos comerciales, de programas de radio y televisión, de personajes históricos y de criaturas de ficción. Hasta hace poco existió una cuenta de un mimo (@TheMime) cuyos tuits eran puro silencio. Hay «mundiales» y retos de lectura colectiva. En Twitter, parece, hay lugar para todos. El asunto es cuánto tiempo está dispuesto uno a permanecer allí.

En Uruguay, Twitter es la tercera red social más usada, detrás de Facebook e Instagram, comenta Alain Mizrahi (@alainmizrahi), director de Radar, consultora de opinión pública que anualmente realiza el Perfil del Internauta Uruguayo. «No llega al 25% de los usuarios de Internet», agrega el analista. «Cuando hicimos el estudio, el año pasado, Twitter ocupaba el tercer lugar. La cuarta red era TikTok. Muy poco atrás de Twitter. Por la evaluación que viene teniendo TikTok me atrevo a suponer que, habiendo pasado cinco meses desde que hicimos el trabajo de campo, debe haber superado a Twitter». El usuario uruguayo de Twitter, apunta Mizrahi, tiene un perfil muy particular: «Son personas más interesadas en la actualidad y en la política, les gusta estar informadas en el momento, son formadoras de opinión en su entorno y, a veces, son formadoras de opinión a nivel nacional. Twitter no es una red masiva como Facebook o Instagram. Es un microcosmos. Lo que pasa es que lo que sucede en Twitter hace bastante ruido».

«Twitter no es una red social más. Es antipática per se», explica la especialista en nuevas tecnologías Laura Corvalán (@p0nja), que suma 27.700 seguidores. Y lo ejemplifica de la siguiente manera. «Tú dejas a tu madre con la computadora, le abres Facebook y le dices: ‘Mira, mamá, así agregás a la tía, así agregás a los primos, acá escribís, acá subís fotitos…’. La dejas un rato y cuando volvés tu vieja tiene 20 amigos, subió dos fotos del perro, encontró una fan page del barrio y la página de la manicura. Facebook es intuitiva y encuentra feedback enseguida por esta cuestión del ida y vuelta: vos te hacés amigo de alguien y ese alguien se hace amigo tuyo de manera automática. Esto sucede relativamente igual en LinkedIn: vos conectás con alguien y ese alguien conecta con vos. Pero esto no sucede ni en Twitter ni en Instagram. Ahora, dejas a tu madre con la cuenta de Twitter, le explicas cómo funciona, le dices ‘acá escribís, acá podés seguir gente’ y así. Tu madre empieza a seguir un par de cuentas, ve que no la sigue nadie, postea una foto del perro, una foto del gato, cuenta que se va a ir al mercado, nadie le contesta nada, ella «escrolea» un ratito, ve lo que tuitearon los diarios, pero se aburre y se va. Y cuando volvés está haciendo un bizcochuelo porque largó Twitter hace rato».

No es fácil seguirle el ritmo a Twitter, sostiene Corvalán, quien también trabaja como SocialMedia de agencias, marcas, gobiernos, servicios y productos. Por tal motivo, dice, Twitter genera cuestiones que solo suceden en Twitter. «En Twitter, la belicosidad, el insulto, es más fácil. Y tiene motivos certeros. En Twitter tú no tienes que ser tú. En Facebook, si bien hay gente que tiene un perfil fake (falso), las reglas dicen que tú tienes que ser tú: tu nombre, tu apellido, tu foto. En Facebook si empiezas a agregar gente desde una cuenta fake, te penalizan. En Twitter no: tú puedes seguir a cualquiera, ponerte un avatar cualquiera, incluso hacer una cuenta parodia de alguien y hacerlo quedar para el traste, todas esas son reglas que están permitidas en Twitter».

Así es como Twitter, dice Corvalán, saca lo peor de uno. «Si te digo que a plena luz del día vayas a la casa de tu enemigo y pongas un grafiti a cara descubierta en la puerta de la casa, seguramente vas a dudar. Pero si te digo que lo podés hacer de noche, con capucha, con la cara tapada, por ahí vas y escribís. Entonces hay una cuestión de que saca lo peor de uno. Es una red social que saca lo peor. Una cosa que tenía, y que era peor, era lo de los 140 caracteres. Son una coerción a que escribas corto. Esto lo analizaba con marcas. A una persona no le gustó un producto y en Facebook se explaya y cuenta que compró tal producto, tal día en tal lado y hacía todo el desglose. Las quejas son larguísimas en Facebook. En Twitter no podés hacer eso. Entrás y ponés: ‘Son una bosta, no les compro más’. Y ta. No podías poner la historia de lo que le había ocurrido. No había, en ese entonces, hilos, como hay ahora. Eso hace que en Twitter, el análisis poblacional haga que no haya muchos viejos y que no haya niños o muy jóvenes. En Twitter están los mismos que mandaríamos a la guerra: en edad, la población tuitera va de 20 y pico a 40 y pico, 50. Están en esa edad. Creo que no es casual. Y creo que en Twitter lo saben».

Hola y adiós. «Hasta acá llegó mi amor con Twitter. Tanta muerte, tantas vidas destrozadas y tan poca empatía del gobierno con lo que vivimos me genera tal bronca que todo lo que podría escribir está bastante cerca de pasar el límite de los buenos modales. Y no da. Así que con esto me despido», escribió Andrés Sanabria (@andresesanabria), director del sello discográfico Bizarro Records, el 22 de abril de este año. «La cuenta veré si queda muerta o si la tuneo y cambia de nombre y se la paso a algún amigo/a que la use para algo constructivo y que sume».

Sanabria había abierto la cuenta en 2009, la empezó a usar con frecuencia con el Mundial de Sudáfrica 2010. «Vi que mucha información relevante del certamen se estaba difundiendo por esa red», recuerda. A lo largo de su tiempo como usuario, Twitter fue conquistando cada vez más minutos de su día a día. «En los primeros años usé la cuenta para comentarios de fútbol (mucho sobre Luis Suárez, mucho sobre la selección uruguaya) y de música (especialmente de mi trabajo en Bizarro y de música de Uruguay en general). En el último año y poco, además de estos temas, dediqué mucho tiempo a seguir todo lo relacionado con la pandemia, procurando seguir la información rigurosamente científica que se producía acá y en todo el mundo, y traté de compartirla». Antes ya había pensado en irse, pero descartó la idea. «Es una red que me gusta», dice. «He conocido personas importantes en mi vida, aprendí sobre cuestiones que me importan como el deporte, las artes y la producción de conocimiento científico. Armé acciones promocionales importantes como ‘Suena Uruguay'», reconoce. Sin embargo, desde fines de 2020 sintió que le estaba dedicando demasiado tiempo a Twitter. «Y, sobre todo, que me estaba convirtiendo en algo que me molesta mucho de los demás: un opinólogo».

Un poco por esto, otro poco «por leer a gente a la que quiero escribiendo disparates», por ver «cómo se persigue desde esferas del poder a gente por expresar su opinión», y también por «estudiar la lógica detrás de los dueños de estas redes» es que finalmente decidió soltar. «Hace cuatro años me fui de Facebook. Tengo Instagram, pero no sé por cuánto tiempo más. Tal vez sea momento de pasarme a un podcast», concluye.

Christian Font (@christianfont), periodista y crítico cinematográfico, actor y conductor de radio y televisión, abrió su cuenta en febrero de 2010. Como Sanabria, empezó a tener mayor actividad unos meses más tarde. «Casi seguro por el entusiasmo que despertó el desempeño de la selección uruguaya en el Mundial de Sudáfrica. El recibir un dato, una impresión, directamente de las cuentas de los protagonistas lógicamente despertó lo curiosidad», señala, como uno de los principales motivos por los que su cuenta se volvió más activa.

Font también reconoce que Twitter ocupa más lugar en su vida del que debería «y mayor a lo que me gustaría». Y agrega: «De todos modos he logrado moderarlo bastante y estoy entrenado en retirarme a tiempo de la sesión (de esta y otras redes sociales). Ante la pandemia empecé a seguir cuentas cuya información me resultaba valiosa y volví a activar las alertas después de años. Eso me llevó a estar atento aquella mañana de domingo de fines de marzo cuando se abrió la agenda de 18 a 70».

Font suma 71.800 seguidores en esta red, en la que se define como «obrero del entretenimiento», y donde comparte información y opinión sobre cine, música y deportes, principalmente. Y, como otros tantos usuarios, también ha pensado en marcharse. «Lo he pensado, lo he hecho y he decretado ausencias temporales. Es curioso: los beneficios de cada interrupción tuitera han sido notorios. Bienestar, salud emocional y percepción del entorno. El mayor autoengaño es argumentar que si uno sale de Twitter está menos enterado y menos informado». Y aunque no conoce a nadie que se haya ido de la red social, le consta que hubo «quienes cerraron sus cuentas y abrieron otras adoptando un perfil más bajo». Algunas personas optan por hacer que sus cuentas sean privadas: solo pueden ver sus tuits los autorizados por el usuario.

Sobran motivos para abandonar la red. Según Font, «la permanencia excesiva afecta -por sesgo y asimilación- la percepción que se tiene de la realidad. Twitter es una burbuja y encima minoritaria en términos de público. El problema es que el barrio lo habita gente que decide los destinos de un país, por ejemplo. Acá se habla gratuitamente de ‘grieta’ y eso es en los hechos ilusorio o falaz, un resorte anímico surgido de la interacción tuitera. El año pasado durante la campaña por las municipales en los espacios públicos convivía la militancia de todos los partidos a metros de distancia. Desconocer eso y jurar ‘grieta’ desde el sofá con el iPhone me parece una inmoralidad».

«Yo no le diría a nadie que se vaya», dice Corvalán, que además maneja cuentas de distintas empresas. «Salvo que la hayas usado unos meses, tengas cuatro seguidores, y digas ‘esto es una porquería, me quiero ir’. Pero si venís de trayectoria, mi consejo es que la dejes en pausa: poné un tuit fijado comunicando que te vas de la red y listo. No recomiendo cerrarla definitivamente porque alguien puede tomar tu usuario y hacerse pasar por ti».

Azúcar amargo. Los likes, los retuits y la cantidad de seguidores son el azúcar de las redes sociales. Un poco de azúcar no está mal, el asunto es cuando toda la alimentación se basa en ella. Entonces es cuando las cosas se complican. Porque, además, en la búsqueda de más likes y más seguidores se cruzan los haters. «Si tenés 40.000 seguidores, no todos te aman. Algunos te siguen para putearte en el momento adecuado», resume Mizrahi. En un extremo, Twitter es «la cloaca de las redes sociales», continúa. «En el otro extremo también es una muestra de la desregularización y la democratización total del mercado de la información. Esto, a su vez, puede ser bueno o muy tóxico al mismo tiempo, se presta a la proliferación del fenómeno de la posverdad, todos terminamos creyendo que lo que vemos en Twitter es representativo de lo que pasa en el mundo y de lo que opina la población cuando en realidad lo que vemos es representativo de la gente que tiene nuestro mismo perfil. Terminamos inmersos en burbujas de posverdades».

Corvalán considera que Twitter es un ambiente violento que «alimenta el odio, la intolerancia, la violencia». Y nuevamente va con un ejemplo: «Uno diría que es como la cárcel, que saca lo peor de uno. Gente que entró en la cárcel y que no era tan terrible se termina convirtiendo en algo mucho peor de lo que era por defenderse, por el contacto, por sobrevivir. Creo que Twitter, si no lo sabés controlar, si sos emocionalmente inestable o muy frágil, genera conductas de supervivencia». Ese ya es un motivo para irse. Aunque hay más. «Twitter está repleta de fake news y de contenido de poco valor», apunta Corvalán. Otro motivo: «Consume demasiado tiempo de la vida en general, y algunos piensan que la vida pasa por ahí. Conozco gente a la que se le ha acelerado el pulso y se ha sacado porque alguien le dijo algo en Twitter».

«Como buen aldeano supe entrar como un caballo ante varias provocaciones», reconoce Font. «Hoy prácticamente no respondo. No le voy a dar un segundo de energía a alguien que te escribe un disparate y a los 10 segundos está mirando videos de gatitos. Si me interesa intercambiar respecto a la postura de algún usuario en particular, busco el diálogo por mensaje directo por la vía que sea. También me llevo alguna desilusión temporal con personas a las que sé lúcidas y sensatas pero que en redes se alienan hasta caer en un modo idiotizante. Un gran detector son esos hashtags imbéciles que intentan imponer como forma de demostrar su punto con base en la adhesión virtual. Si de segregar dopamina se trata, prefiero que sea a través de la duda y no de las certezas que me dan quienes, eventualmente, están de acuerdo conmigo».

Quedarse un rato más. Entre tanto barullo, hay razones por las que vale la pena quedarse en Twitter. Según Font, esas razones son «las excepciones». Lo explica así: «Cuentas -rara vez anónimas- con un manejo de humor e ironía que habla más de esos usuarios que de las bondades de la herramienta en sí. Otras que entienden que la comunicación es servicio y entretenimiento (y responsabilidad). Y otras que son oficiales de figuras o medios cuya información me interesa particularmente».

Este año, la modelo y presentadora televisiva estadounidense Chrissy Teigen (@chrissyteigen) se despidió de su cuenta de Twitter, en la cual tenía más de 13,7 millones de seguidores. «Durante más de 10 años ustedes han sido mi mundo. Realmente considero a muchos de ustedes mis verdaderos amigos», escribió. Y luego se despidió diciendo: «Esto ya no me sirve tan positivamente como negativamente». Y se fue. Se fue para volver menos de un mes después. Decidió regresar, dijo, aceptando «lo bueno y lo malo» de la red social. «Resulta que silenciarse a uno mismo y dejar de soltar carcajadas al azar a lo largo del día y también perder 2.000 amigos de golpe te hace sentir fatal», confesó.

En 2012, la Real Academia Española (RAE) incorporó «tuitear», «tuit», «tuiteo» y «tuitero» a su diccionario, junto con las ya existentes «blog» y «libro electrónico». En su momento, para Corvalán fue una señal de que Twitter es una de las redes con mayor capacidad de perdurar en el tiempo. «La RAE no incluyó facebookero ni facebookear… Y uno confía en que si la RAE pone esas palabras no es para sacarlas dentro de cinco años». En una conferencia Genexus sobre el futuro de las redes sociales, Corvalán señalaba: «Pienso que Twitter va a durar más, y no lo pienso solo yo, también lo piensa la RAE». Hoy dice que Twitter «tiene nafta todavía». Recomienda usar una de las herramientas menos populares pero más amigables de la plataforma, las Listas, que permite «seguir sin seguir»: el usuario arma listas (públicas o privadas) de otras cuentas sin necesidad de seguirlas. Dice que vale la pena quedarse. ¿Por qué? «Porque tenemos que ver el final. Tenemos que ver cómo termina la película».

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