Framing Britney Spears, el documental de The New York Times sobre la princesa del pop

Escrito por el 2 marzo, 2021

La película explora sus conflictos con la industria del entretenimiento, hace foco en el papel que tuvieron los medios (y, por lo tanto, el público) en el colapso y la posterior caída en desgracia de la artista estadounidense, e indaga en los alcances del movimiento #FreeBritney

En el documental de 2005 En la mente de Alan Moore, el artista británico se explaya sobre varios temas, entre ellos la fama. Dice Moore: «La fama en la forma en que hoy la conocemos no existía antes del siglo XX. En tiempos anteriores, incluso cuando eras muy pero muy conocido, eso implicaba serlo entre unas 100 personas como mucho, en el caso de que fueras un papa o algo así. En el siglo XX, con los medios de comunicación, de repente se hizo posible otra forma de fama. Tiendo a pensar que lo que la fama ha hecho es sustituir al mar como la elección básica para la aventura para los jóvenes. Si tú fueras un joven audaz en el siglo XIX, elegirías probablemente cruzar el mar, exactamente como en el siglo XX podrías decidir que quieres escapar y armar una banda pop. La diferencia está en que, en el siglo XIX, antes de huir hacia el mar, tendrías al menos algún conocimiento sobre lo que era ese elemento con el que ibas a tratar y probablemente, digamos, habrías aprendido a nadar. La cuestión es que no hay manual sobre cómo lidiar con la fama. Te convertirías en un apreciable joven que ha hecho una buena historieta, una buena película o un buen libro, a quien se le dice de repente que es un genio y que se lo cree y que se consume riendo y salpicando en las olas de la celebridad y cuyo cuerpo empapado de heroína es arrastrado semanas después en las tapas de los diarios».

La observación del siempre lúcido Moore viene a cuento en tiempos en los que el foco de atención mediática está puesto sobre Framing Britney Spears, audiovisual producido por The New York Times sobre la artista estadounidense, sus conflictos con la industria del entretenimiento, y el papel que tuvieron los medios (y, por lo tanto, el público) en el colapso y la posterior caída en desgracia de la llamada «princesa del pop».

Dirigido por Samantha Stark, Framing Britney Spears entrevista a periodistas, a una de sus mejores y más cercanas amigas (que a su vez fue su asistente durante años), además de Kim Kaiman, exejecutiva de marketing del sello de Spears, Jive Records, quien recuerda que Jamie, el padre de la cantante, no fue una figura prominente durante los inicios de su carrera, en la adolescencia. «Su madre (Lynne) haría lo que fuera necesario para que Britney fuera una estrella», recuerda Kaiman, quien asegura que también Jamie le dijo una vez: «Mi hija será tan rica que me va a comprar un bote».

Según el documental, la producción buscó hablar con Jamie, pero se negó a dar declaraciones. A su vez, intentó contactar a Britney Spears «para solicitar su participación en este proyecto». No hubo respuesta; una placa anuncia: «No está claro si recibió las solicitudes».

Framing Britney Spears deja un registro de cómo se hablaba de la salud mental 10 o 12 años atrás y pasa revista del trato misógino que la estrella recibió por parte de los medios desde los inicios de su carrera. Por lo pronto, ha tenido una repercusión asombrosa. Justin Timberlake, expareja de la cantante, se disculpó públicamente por su comportamiento con ella durante y después de su relación. El mismo camino recorrieron la revista Glamour y la comediante Sarah Silverman, que en su momento bromearon sobre su salud mental.

A su vez, Netflix anunció la producción de su propio documental sobre la turbulenta travesía de Spears, que será dirigido por Erin Lee Carr, cineasta nominada al Emmy en dos ocasiones, conocida por At the Heart of Gold: Inside the USA Gymnastics Scandal, sobre los abusos sexuales perpetrados por el médico Larry Nasar en la Federación de Gimnasia de Estados Unidos, y Te quiero, muérete, acerca del caso de una adolescente que alentó a su novio a suicidarse.

El documental del Times no ahonda demasiado en la construcción de la estrella pop sino en los efectos que tuvo esa construcción. Lo que hace es poner en contexto algunos hechos aislados que en su momento mostraron una parte de la realidad: la parte más escandalosa.

Porque, se sabe, la realidad resulta bastante más compleja que la visión que se tiene de ella. En especial cuando esa visión parte del modelo excluyente de una verdad única. En especial cuando en este modelo solo hay buenos y malos. En especial cuando se habla de Spears. Porque, en su caso, es muy tentador culpar al «sistema», a la industria del entretenimiento, que fabrica ídolos de consumo masivo, personajes para adorar, idolatrar y desechar, como el único culpable de su caída en desgracia.

Hay muchos responsables en el camino. «¿Quién es responsable de lo que le pasó a Britney Spears?», se pregunta Constance Grady en un artículo publicado días atrás en Vox. «Todos somos cómplices de lo que le pasó», dice: «Pero algunos de nosotros más que otros». Los medios de comunicación y muy especialmente las redes sociales han creado celebridades y cazadores de celebridades con una grotesca facilidad. Alcanza con tener un smartphone para convertirse o tener la ilusión de ser una celebridad en el entendido de que cualquier actividad, por mínima o por más íntima que sea (cocinar, tomar un café, caminar por el parque, leer) es digna de ser destacada a través de las redes. Comer un sándwich o cortarse el pelo no solo amerita una foto, también justifica un título, como si se tratara de una obra artística, o se acompaña con un relato o con el fragmento de un poema o una canción. Con Spears esto realmente fue así: sus movimientos eran registrados por paparazzi que la seguían allá a donde fuera.

No es novedad que las estrellas son vistas como criaturas de ficción y que sus vidas son consumidas como capítulos de una saga, una sitcom, un melodrama o una mutante mezcla de todo eso. Y el caso de Britney Spears resulta bastante ilustrativo de ese mecanismo. En la industria del entretenimiento también impera la lógica de que el cliente siempre tiene la razón. Así que si el público quiere Britney, por qué negársela. Ahí la tienen, en todos los formatos posibles. Britney angelical, sensual, sexual, Britney maternal, gorda, desquiciada, atormentada; Britney desorientada, empastillada, fiestera, bandida, infiel, irresponsable. «No hubiéramos seguido informando si el interés público no hubiera sido desenfrenado», se defiende Mara Reinstein, de US Weekly, periódico que tuvo a casi todas estas versiones de Britney en sus portadas. «Todo el mundo es cómplice en diversos grados».

Viendo Framing Britney Spears provoca un poco de vergüenza ajena la justificación que hace el paparazzo Daniel Ramos, que siguió a Spears durante años, y cuyo automóvil la cantante golpeó con un paraguas aquella noche que regresaba de la casa de Kevin Federline, su exmarido, sin poder ver a sus hijos. «Ella siempre nos sonreía, nunca dio señales de que quería que la dejásemos en paz», se justifica Ramos. «A veces nos pedía que la dejásemos de seguir ese día, pero nunca dijo ‘déjenme en paz para siempre'».

Ramos reconoce que la cantidad de dinero que se ganaba con las fotos de Spears era francamente tentadora. Como una adicción. Una vez que empezaba, era difícil parar. Vale recordar que, por entonces, medios como US Weekly pagaban hasta un millón de dólares por una foto de Spears. La única razón por la que la foto de una mujer entrando a un restaurante o saliendo a pasear a su perro o hecha una furia, desquiciada, rapada y desesperada cotizaba a precios delirantes, es que existía una alta demanda por esas imágenes.

«Britney presentaba varios síntomas de una víctima de abusos sexuales y de agresiones misóginas: autodestrucción, rebeldía irracional, escasa autoestima, relaciones con hombres tóxicos, desesperadas llamadas de atención. Su depredador había sido el público», escribe Juan Sanguino en El País de Madrid. Por tal razón, para algunos, #FreeBritney no solo es un intento de reivindicación de parte de los fans, también es una forma de desestigmatizar las enfermedades mentales. Y, también, una vía para alertar sobre los peligros y las amenazas que deberán enfrentar quienes quieran aventurarse a las alborotadas, seductoras y misteriosas aguas de la fama.


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